La Barricada Nº 36: La Batalla de Sigüenza

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LA BATALLA DE SIGÜENZA

Desde los días anteriores a la victoria del Frente Popular de febrero de 1936, la situación en Guadalajara (tanto en la ciudad como en la provincia) venía siendo cada vez más conflictiva. El nombre que toma la candidatura de las derechas en la provincia lo dice todo: “Bloque Antirrevolucionario”. Su líder es el máximo exponente de la derecha en la provincia y uno de las principales figuras durante los años finales del turnismo: el Conde de Romanones Álvaro Figueroa. La victoria de las derechas en 1936 en la provincia es contundente. En una provincia de raigambre caciquil los mecanismos de poder local y sus clientelas fueron usados concienzudamente para la victoria que tuvieron en la provincia.

Aun así, la agitación popular continuó en la provincia desde las plantaciones de resina de la Unión Resinera en los terrenos del Duque de Medinaceli donde los trabajadores lograron la colectivización de las tierras, a las reformas promovidas por la Casa del Pueblo en Sigüenza frente a los patronos agrarios de la ciudad pasando por las colectividades en Azuqueca de Henares. El estallido social, en esos meses, hasta julio del 36 fue de gran importancia. La reacción fascista de las redes de la CEDA y Falange se dejó notar con el asesinato del cartero de Moratilla de los Meleros en marzo de 1936 y, el 13 de julio (cinco días antes del golpe y en las mismas horas de la muerte de Calvo Sotelo) con el asesinato al dirigente de la Casa del Pueblo de Sigüenza Francisco Gonzalo “El Carterillo”.

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El asesino del líder socialista del pueblo fue el líder de la patronal local Román Pascual (que tiene una calle en Sigüenza). La Casa del Pueblo se había querellado contra un patrono en nombre de un tendero de Palazuelos (pedanía cercana a Sigüenza) al que habían ganado el pleito y una sustanciosa indemnización, y parece que sea eso uno de los móviles del asesinato. Si el 13 había asesinado, el día 15 se oficiaba un funeral al que acudían más de 2000 personas de la localidad (en Sigüenza residían casi 5000 personas en aquel momento) y todas partes de la provincia (hasta algún sacerdote se acercó a la manifestación) para darle el último adiós al que fue uno de los primeros asesinados antes del conflicto. No era ni Calvo Sotelo, ni el teniente Castillo (con todo el respeto al militante socialista asesinado) que cuentan únicamente los libros del instituto con muy baja profundización; era Francisco Gonzalo, un líder sindical agrario que se había destacado contra un ambiente caciquil donde los lazos del Obispado de Sigüenza y las fuerzas políticas de la derecha eran un todo indiscutible.

El 18 y 19 de julio transcurrieron sin ningún problema en la ciudad como si se tratase de otros días. La ciudad estaría llena de trabajadores preparados para la siega de la zona. La ciudad realmente “no se percató” de estar en guerra hasta el día 25 de julio cuando llegan los primeros batallones de milicianos (CNT al mando de Feliciano Benito, Batallón Pasionaria del PCE) que entran en una ciudad donde no se ha pronunciado nadie. Inmediatamente son acogidos por el alcalde de Izquierda Republicana Antonio Lafuente. La ciudad es controlada en pleno a medida que van llegando más batallones  provenientes de la estación de Atocha que vienen en tren tomando las localidades que se encuentran en su camino. En la propia ciudad, se reclutan los primeros milicianos locales que toman el nombre de Batallón “Francisco Gonzalo”, en honor al sindicalista asesinado. Los milicianos ocupan diversos edificios religiosos que los convierten en sus cuarteles. También llegan milicianos del POUM (al mando de Mika Feldman e Hipólito Etchebéhere) y, un grupo de milicianos al que no se conoce la afiliación pero se sabe que eran mineros provenientes de Pozoblanco (Córdoba) y que su posterior participación en el sitio de la Catedral será heroica. Desde Sigüenza se enviarán varias partidas de milicianos hacia las localidades colindantes con Soria donde se está estableciendo el primer frente estable por el avance de las fuerzas requetés de García Escámez desde Soria y Logroño. Un frente de más de de 200 km desde Molina de Aragón hasta Somosierra. Las milicias que circulan pueblo por pueblo llegan a Atienza donde no pueden capturar la localidad donde se han atrincherado un grupo de falangistas y guardias civiles en el castillo a la espera del avance de los requetés.

Al fijarse los primeros frentes en la zona norte de Madrid y Guadalajara, Sigüenza queda únicamente como bastión de resistencia ante un posible avance, como así fue. Como cuenta el dicho popular: “uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde” y esto es el resumen de la resistencia en la ciudad segontina. Unos resistentes superados en número y material de guerra frente a un ejército de mercenarios, verdaderos escuadrones de la muerte. Cuando cayó Sigüenza se reveló la importancia fundamental de esta localidad. La ciudad no se rindió hasta el 16 de octubre cuando sus sitiadores tenían pensado tomarla en los primeros días de agosto ó septiembre, la resistencia desesperada de vecinos y milicianos que acudieron a la llamada fue muy valerosa. Los mineros de Pozoblanco, anteriormente nombrados, fueron de los pocos grupos que lograron escapar desde el sitio de la Catedral. Desde los altos del edificio lanzaron cartuchos de dinamita en latas de conservas y latas de refresco produciendo cierto pánico entre los sitiadores que aprovecharon para escapar.

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Tras la toma de Sigüenza se inicia en la ciudad y en la zona colindante un proceso represivo de grandes dimensiones. En Sigüenza habían sido ajusticiadas 50 personas entre caciques, cargos de partidos políticos pertenecientes a las derechas y el obispo de la ciudad. Los “jóvenes alborotados” de la iglesia navarra (los “requetés”) entraron con la firme convicción de  matar a diez por cada uno de los suyos que había caído: en total, 500 asesinados por la represión fascista. Algunos de los asesinados lo fueron en el mismo lugar donde fueron capturados, otros fueron fusilados en el cementerio local, otros detrás de unas tapias del castillo y, otros trasladados al penal de Soria y ejecutados en el camino. Se han podido documentar varios casos de ejecuciones en las cunetas de los alrededores de Sigüenza como el asesinato del maestro de Cincovillas, o los prisioneros que bajaban a mitad de camino (no se han podido encontrar sus cuerpos) a los que ordenaban cavar su propia tumba y después los fusilaban.

Sigüenza fue ejemplo perfecto del paso de la vida normal en una ciudad de raigambre agraria al atraso más absoluto. Esta ciudad nunca volvió a ser la misma. Ninguno se planteó lo que iba a caer sobre ellos una vez hubiese sido tomada la ciudad. Los que soñaron con que en otro momento aquella localidad diese paso a la modernidad tan deseada en este país de caciques, tendrán que esperar años porque todavía no ha llegado.

LA RESISTENCIA CONTINÚA

¡NO PASARÁN!

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