[Libro] Una investigación sobre el falsamente llamado “fraude de la colza”

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El denominado «síndrome del aceite tóxico» es paradigmático de casi todos los males de que adolece nuestra época, en primer lugar porque la denominación en sí misma es un engaño. El enve­nenamiento que produjo, entre finales de abril de 1981 y principios de 1982, más de mil víctimas mortales y dejó a miles de personas inválidas (desde las cegueras temporales y atrofias musculares hasta las parálisis permanentes) ha vuelto a ser recientemente tema de actualidad, con motivo de peripecias judiciales de última hora. Pero sin que se cuestione la explicación oficial de los hechos ni la culpabilidad de los responsables del envenenamiento.

Las sucesivas versiones que el Estado español dio del caso, cuando apareció esporádicamente en los medios de comunicación, fueron lo único que llamó la atención en Francia. Primero, se habló de una «neumonía atípica» que afectaba a centenares de vecinos de Madrid y su periferia; luego de un «síndrome tóxico» más ex­ tendido dado que alcanzaba toda la zona noroeste del país, y cuyo futuro estaba más seguro, pues su ministerial revelación, apoyada por constantes esfuerzos, le permitió alcanzar una credibilidad casi universal hasta hoy.

Esta investigación, elaborada por el periodista Jacques Philipponneau, a través de la experiencia del Dr. Antonio Muro, uno de los miembros expulsados de la comisión oficial que debió investigar los hechos precisamente por su cuestionamiento de la versión del gobierno español, que es reveladora.

Aunque muchas previsiones y todas las esperan­zas hacían presentir lo contrario, los progresos de las artes y los oficios, de las ciencias y de las técnicas no aportaron a la humanidad un progre­so moral paralelo sino más bien una sensible re­ gresión.

“Las Luces”, tal como decían en el siglo XVIII, hoy están en proporción inversa a las con­ quistas de la electricidad. Aquello que tenía que iluminar la conciencia del hombre y de las masas fue empleado para engañar mejor, esparcir pre­juicios, foijar ficciones, alimentar y fortificar ideas preconcebidas.

La prensa, el libro, la radio, la propia fotografía y el cine causan al respecto más mal que bien. Y el número de individuos capa­ces de razonar por sí mismos decrece día a día desde que los mecanismos sirven para multipli­car la difusión de errores manifiestos o de menti­ras flagrantes.

Oligarquías ocultas piensan en lu­gar de las colectividades, la opinión es fabricada por mercenarios, los mediocres tienen todo el permiso para pervertir al espíritu público. A dia­rio tenemos pruebas en todos los niveles de la vida social. Cada cual en su habitual esfera de relaciones hallaría ejemplos como los que mues­ tran los asuntos de España.

Boris Suvarin
{Cosas de España, octubre de 1937)

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